Mujeres a medias: La ardua lucha de muchas mujeres cuando salen a tomar las calles para trabajar.

Escrito por Semiramis

 

Ella trabaja 12 horas diarias, a escondidas de su esposo. Por su servicio le retribuyen a veces 5, a veces 10, a veces 20, a veces, en ráfagas de suerte, 100 soles. Su jornada consiste en unos 20 clientes al día, aproximadamente; no tiene una cifra exacta en mente. Es migrante, proviene de la calidez norteña. Nunca fue a la universidad. Tiene dos hijos, hombre y mujer, “la parejita”, sonríe risueña y se le marcan, al pie de los ojos, las cicatrices del tiempo. Detesta las mentiras, aunque conoce su naturaleza: estas han sido, por los últimos 4 años, su motivo de subsistencia. Sus hijos son secuaces de la artimaña; conocen el trabajo de su madre. Lleva una doble vida, un doble oficio: su esposo, quien desde hace un tiempo solo es su esposo por términos legales y, como en muchas guerras maritales, se ha negado a establecer un acuerdo de cuánto y cada cuánto tiempo va a colaborar con una vida digna para el hijo y la hija, cree que es peluquera.

 

No le avergüenza su oficio. Es feliz, a veces. Para Gloria Isabel, Lima es un laberinto resuelto en la última página de algún diario viejo. La conoce de cerca, la recorre día a día, se reconocen ambas; la ciudad y ella. Maneja un carro decente, bastante modesto con franjas de tablero de ajedrez en cada lado y un letrero en lo alto: Taxi. Guarda en la guantera, junto a su identificación, una cajetilla de cigarros con filtro simple. No sabe si es el complejo de ama de casa, pero es estricta con la limpieza de su auto. No tiene el privilegio del aire acondicionado; pero sí, un rosario que le cuelga del espejo: “Son regalos que me da la gente para protegerme”, afirma devota y convencida, mas sus grandes ojos cafés tiritan. Le pregunto si no les tiene miedo a las calles, a las opiniones, a las gentes. “Cada día sé que me corro de la muerte” me responde y se acomoda los lentes. 

 

Es una desadaptada o así se siente; un animal exótico en el zoológico local, que causa admiración o repulsión. Alguna vez, una congénere le dijo: ‘‘Uy, no. Mujer no: manejan mal’’. Alguna vez, manejó mal, esta vez de verdad – ‘‘solo había un bache’’, ríe – y una mujer bien vestida le gritó: ‘‘Maneja bien, ¡pareces hombre!’’. Desde entonces, el género le dejó de importar. Alguna vez, un hombre le ofreció ‘‘una propinita’’ por un capricho sexual: ‘‘…pero no se vaya a incomodar’’ y se incomodó. Alguna vez, la mandó a lavar ollas, otro taxista, en plena avenida Colonial y respondió al estilo de la poeta Dalmacia Ruíz. Dos palabras y un sentimiento: ‘‘¡Cállate c*nchatumare!’’

 

Ser mujer y trabajar como un hombre funcional no es fácil cuando hombres disfuncionales te encogen a un placebo de 10 céntimos: una servilleta para limpiarse el esmegma mental: “¿No tiene hijos? ¿Con quién los deja?” “¿Su esposo la deja salir a trabajar de esta manera?”. Escucha y no siente culpa, eso le repitió también su esposo, cuando quiso salir a tomar las calles. Aprieta los labios, no para humillarse, sino para retar. Siente una responsabilidad que aún no le llega: Está separada del esposo y escucha los susurros de la desobediencia, sus hijos están vivos y siente, en la nuca, el dedo índice de los otros señalarla por su muerte.

No es la única. En el 2017, aumentaron las mujeres que se disponían a trabajar; sin embargo, el buscar nuevos ingresos les genera una descompensación de tiempo diario de descanso y ocio. Estadísticamente, ellas trabajan 9 horas con 15 minutos más que los hombres, tomando en cuenta el trabajo no remunerado del hogar o cuidado de otros.  Para la mayoría de las mujeres, entrar en un sector masculinizado, tiene una sola motivación. Y no se trata de lucha o de revolución, se trata de la necesidad. Gloria, aunque se define como trabajadora independiente, es consciente de ello: ‘‘El día que no trabajo, no como’’, se le rigidiza la voz y continúa: ‘‘Al menos, no dependo de nadie, ya no le pido dinero a mi marido, ya no trabajo 12 horas en una peluquería por la mitad de sueldo que gano trabajando de esta manera’. Ahora trabaja 12 horas por cuenta propia, aunque gana más, el rol de mujer trabajadora se suma al rol de madre, al rol de ama de casa, a la discriminación, a la inseguridad, a la precariedad.  ‘‘No hay de otra. O te explotas tú o te explota el resto’’ y se mira las uñas desgastadas con resignación. 

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