Para escritorzuelos: La tragedia griega de Piedad Bonnett

Escrito por Diego Castañeda

Puede sonar un poco insensato, pero debo admitir que siempre me interesó saber cómo los escritores pueden plasmar el dolor emocional en el papel, ese dolor que no solo perturba, sino que también vulnera, especialmente por la pérdida de un ser querido y que muchas veces termina siendo irreparable. En mi búsqueda de esa literatura de duelo, llegué a leer a varias novelas: Milena Busquets con También esto pasará, Sergio del Molino con La hora violeta, entre otros; sin embargo, el que más me impactó fue el de la poeta y escritora colombiana Piedad Bonnett con su libro Lo que no tiene nombre. Un libro que escribió tras el suicidio de su hijo Daniel, debido a una enfermedad mental. Cuando me enteré de que iba a estar en un conversatorio en esta Feria del Libro, no podía dejar de asistir y escuchar lo que tenía que decir.

Llegué un poco tarde a la sala Clorinda Matto, la charla ya había comenzado. El tema era el recurso autobiográfico con Katya Adaui como moderadora, quien ya había dado micrófono abierto a la colombiana. Dijo muchas cosas interesantes y, por supuesto, brindó material enriquecedor para todo escritorzuelo que algún día se anime a escribir este tipo de literatura. Acá les dejo lo más interesante:

“Después de la muerte de Daniel, mi familia y yo decidimos irnos a Italia. Fue en esos días que tuve una revelación: Daniel había luchado brutalmente contra su enfermedad, pero no pudo salvarse. Sentí que era parte de una tragedia, una especie de tragedia griega, en donde la voluntad del sujeto no puede derrotar al destino”. Esta revelación para ella se convirtió en uno de los motivos principales por los que decidió contar la historia de su hijo. Por un momento pensó que la poesía se abriría paso, pero prefirió narrarlo.

PiedadBonet

“Hay dos cosas que tomé en cuenta al momento de escribir esta novela: la honestidad y la aceptación”. Ella y su familia buscaron no ocultar la enfermedad que sufría Daniel (una forma de esquizofrenia) siendo honesta con todos y, al momento de escribirlo, siendo honesta con el lector. Sobre todo, aceptando y respetando el suicidio de Daniel; tratando de entender las circunstancias que lo llevaron a tomar esa trágica decisión.

“Cuando estaba cerca al final de la novela, tuve miedo porque había hecho nacer a Daniel por segunda vez, pero traté de dejar mi papel de madre y ser escritora otra vez”. Bonnett cuenta que se apoyó bastante en otros autores de duelo como Doris Lessing, Joan Didion, William Kotzwinkle. Asimismo, relata que ese apoyo le sirvió para reflexionar en esos momentos de tristeza y culminar la novela.

“Fue tanta la aceptación de los lectores con el libro, que me confortaron y abrumaron a la vez. Me escribían cartas, me abrazaban, lloraban, me felicitaban; me hicieron vivir un segundo duelo. Pero, al mismo tiempo, fui feliz al reconocer que había generado esa empatía con el lector. Fue en ese momento en que sentí que la literatura era perfecta para esto”. Un claro ejemplo de la literatura como medio de liberación.

“Un libro de duelo debe ser breve, apretadito, conciso. Es muy difícil hacer ficción de una cosa tan íntima”.

“Sí, encontré la catarsis al escribir el libro. Aunque no estoy exenta de esos momentos de sufrimiento, me permito llorar cuando debo. Lograr entender la enfermedad de mi hijo me ayudó mucho a comprender su situación y poder entender cómo funciona el duelo en el cerebro”. La escritora manifiesta que tuvo que realizar una investigación médica no solo para comprender la forma de esquizofrenia que padecía su hijo, sino el efecto postraumático que le había quedado como secuela. Esta investigación no solo la ayudó a entender los motivos de su hijo, sino también a escribir la novela.

Terminada la charla, un grupo de personas y yo hicimos una pequeña cola para que la autora se tomara fotos y firmara nuestros libros. Una duda me había quedado rondando en la cabeza, una pregunta que no hice porque se le entrecortaba la voz en algunos momentos cuando hablaba sobre su hijo. Quería saber sobre la culpa, ese sentimiento rencoroso que todo padre tiene al saber que pudo haber hecho más. ¿Cómo se sentía? ¿Pensaba en ello? ¿Qué hacía para superar esta tragedia? Esperé ser el último en la cola para que me pudiera contestar con tranquilidad. Terminó de firmar el libro y totalmente serena, me dijo: “Siempre habrá un sentimiento de culpa. Recuerdo que pude tomar un avión una semana antes para verlo, pero no lo hice. Y aunque está presente, cada vez voy haciendo ese sentimiento chiquito, pequeño para que no me afecte. El remordimiento nunca será bueno porque nos va carcomiendo poco a poco por dentro. Yo trato de no recorrer ese sendero y te recomiendo que no lo hagas. Si tienes a tus padres vivos, dale toda tu atención, amor y cariño que puedas; eso hago yo con los míos, pero te aseguro que cuando ya no estén, sentirás también que pudiste hacer más”.

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