De un novel a un Nobel: taller de ensayo sobre Conversación en La Catedral en el Lugar de la Memoria, la Tolerancia y la Inclusión Social (LUM)

Escrito por Frank Bellodas.

Me encontraba cursando el sexto año de Medicina en San Marcos. Llevaba ya algunos meses de recobrar un viejo hábito, así como de desarrollar uno nuevo: la literatura y la escritura, respectivamente. A través de las redes sociales, descubrí un evento literario sobre la obra de Mario Vargas Llosa Conversación en La Catedral; aquel consistía en desarrollar un ensayo sobre distintos tópicos, como por ejemplo, la democracia, el poder, la corrupción, los roles de género, entre otros. Sin embargo, este taller no era libre para todo el público; se requería enviar una propuesta de ensayo, la cual sería evaluada por los docentes que desarrollarían la actividad con nosotros.marionueva

Entre clases y exámenes, traté de avanzar con la lectura de la novela, pero con la puesta de cada sol, sentía que el límite se acercaba y me desconsolaba aún no tener listo mi borrador. La semana en que debía enviar mi propuesta coincidía con la graduación de mi hermana en Estados Unidos; durante esa semana, no pude avanzar una sola página, debía pasar tiempo con mi familia. El domingo que regresaba a Lima -regresaba solo porque nunca tuve vacaciones, fue una bondad de mis profesores permitirme faltar una semana-, pude culminar la lectura del libro en el avión e inicié la redacción de mi ensayo, en la conexión del vuelo, en Miami, en un trozo de papel sobrante de uno de mis cuadernos; sinceramente, no esperaba mucho.

Al llegar a Lima, lo primero que hice fue avanzar como proyectil a mi habitación para digitalizar mis apuntes; eran las 11:30 pm y me restaba apenas media hora. Lo envié con retraso y en el formato equivocado, de lo cual no me di cuenta sino hasta el día siguiente en el bus. Desanimado, resignado, quizá hasta un poco molesto, le conté sobre mi desventura a mi mejor amiga. Me dijo que aún no salía de casa, que podría cambiarle el formato y ella lo enviaría. Le agradecí entonces, y le agradeceré siempre.

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Al cabo de un mes, llegó el ansiado día de la publicación de resultados. Con extrema angustia, no podía concentrarme durante las clases de Pediatría; mis amigos intuían que sería por el examen que tendríamos al día siguiente, quizá no, quizá también. Ensimismado en la espera, decidí ir a dormir a casa; al despertar, vi los resultados.

Escogieron a cuarenta y cuatro postulantes: yo era el último; nunca supe si fue por la calidad de mi ensayo o por la demora; qué importaba, era feliz. Con la oportunidad de aparecer en esa lista, ya me había hecho merecedor de un ejemplar del libro, dos días de taller con escritores e historiadores destacados, y, como premio mayor, conocer a Mario Vargas Llosa el día de la clausura: ¿cómo no ser feliz?

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Luego de innumerables correcciones a mi ensayo, llegó el día del inicio del taller. No tengo recursos del lenguaje suficientes para poder describir lo que sentí; en apenas dos días, saboreé una fina mezcla de emociones cuyo producto final me cambió para siempre. Conocí personas de lo largo y ancho del Perú: fascinantes talentos. El grupo se conformaba de personalidades que iban desde un inocente y humilde personaje ajeno a las letras como yo, hasta un poeta ganador de premios nacionales que tenía casi mi edad.

 

El día de la clausura me puse de pie y compartí con los demás lo que considero mi lema de vida: “Somos la suma de los libros que leemos y las personas con quienes dialogamos”. Antes de que la emoción y el sentimentalismo me desbordasen, sin previo aviso, casi como si nos irrumpieran durante el sueño profundo con un súbito balde de agua fría; se abrieron las puertas del ascensor y, en una suerte de ambiente místico, emergió la figura del único peruano que ha sido galardonado con un Premio Nobel. Durante algunos -en realidad varios, pero yo sentí que fueron pocos- minutos, el gran escritor se volvió uno de los nuestros. No sé cómo describir la experiencia, necesitaría quizá un diccionario en que las palabras se busquen con el corazón y no con los ojos.

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Concluyó esta breve crónica con las palabras que nos brindó este gran escritor aquel día: “La literatura nos hace sentir mejor aquello que anda mal y crea en nosotros esa nostalgia de perfección que solo está en los libros, nunca en la realidad”; y con una frase de mi autor predilecto: “La medicina es mi esposa legal; la literatura, solo mi amante”.

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