Los amigos del escritor por Gustavo Yep

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*Publicado en Semanario Expresión

63681990_834005576992829_3496906207115870208_n.jpgSiempre me gustó escribir, narrar historias. Años atrás creaba cuentos y se los contaba a mi sobrino mayor cuando aún él era un niño, y aunque sabía que no me creía, disfrutaba el hecho de imaginar e hilar cada situación de ficción en mi cabeza.

En el tercer ciclo de periodismo llevamos el curso de literatura, dictado por la profesora Olga. Cincuentona, con un aire maternal que te envolvía al parafrasear con pasión a Vargas Llosa, Bryce, Vallejo, Allan Poe, Cortázar, Bolaño, y a tantos más que no conocíamos. Fue entonces cuando empecé a escribir, me dejó de tarea darle un final distinto al cuento de Poe: Corazón Delator. Lo presenté frente a mis compañeros, aplaudieron, y ella colocó en mi hoja la calificación más alta y una nota que decía:
podrías ser un gran escritor hijo.

En mis ratos libres tocaba en una banda de rock. Un día, después de un concierto en el centro de Chiclayo me presentaron a Kathia, estudiaba derecho en la Pedro Ruiz, inteligente, integrante de grupos de voluntariado y fanática de Fito Páez y Quique Gonzáles. No tardamos en empezar a salir y enamorarnos. Yo tenía un blog en el que publicaba mis relatos. Ella, motivaba cada anécdota por escribir, así fuese con otras mujeres. Una tarde en la cama mientras escuchábamos Aunque tú no lo sepas cantada por Gonzáles, abrió su mochila y sacó un libro de tapa dura, amarillo, viejo: El amor en los tiempos del cólera de García Márquez. Quiero que leas este libro, te lo presto, no te lo regalo, me dijo. Bajé el Ficciones de Borges de mi librero y se lo di. Te lo cambio por este, también prestado, cuando terminemos de leerlos hacemos otra vez el trueque, respondí. Kathia ahora vive en Alemania, conserva esos bellos ojos llenos de fuerza y esas pecas bellas en sus mejillas, y mi Ficciones. Yo, aún guardo su hermoso recuerdo de tanta literatura y música, y ese libro amarillo que jamás voy a devolver.

En el año nuevo del 2005 acampamos en Puerto Eten. Antonella, amiga mía y de todos, llevó a Manuel, Chiclayano radicado en Lima, periodista, escribía para una revista cultural. Nos hicimos amigos e intercambiamos correos. Le enviaba todos mis relatos. Él respondía con sus apreciaciones, casi siempre halagadoras. Esperaba sus comentarios, lo admiraba, era mi único amigo escritor. Al terminar el verano me escribió para decir que vendría unos días a Chiclayo. Yo tenía un programa de radio por las noches, le pedí que me visite para conversar. Terminamos en una entrevista improvisada al aire, luego
caminamos hasta la casa del director del programa, nos había invitado a cenar. En la casa estaba Ramiro el director, Luciana su novia, y Laura, prima de Luciana, a quien yo veía de vez en cuando a escondidas, porque tenía enamorado. Ya en tragos le confesé a Manuel que muchos de los cuentos que le había enviado estaban inspirados en Laura. Pasó el tiempo y Manuel respondía mis correos con menos fluidez, le pregunté qué sucedía, a lo que respondió: Gustavo, a mí solo me gusta leer a Baudelaire, Bukowski, y
a veces a Borges. Te auguro un buen futuro como escritor, tu amigo Manuel. Decepcionado por su respuesta decidí olvidar a Manuel y dejar de escribirle. Después me enteré por Ramiro -el director de mi programa-, que Luciana su novia le contó que Laura y Manuel empezaron a frecuentarse después de aquella noche en su casa. Manuel en algún momento había deslizado vilmente bajo la mesa a las manos de Laura una servilleta con su correo electrónico.

Hace unos días charlaba con un buen amigo que acaba de publicar su primera novela, y al despedirse comenta: hay que decirse escritor desde que uno empieza a escribir, ya sea en redes o en una columna de algún diario. Hay que creerse uno mismo que nos estamos haciendo camino, un camino que si bien es cierto cuesta mucho sacrificio, al final, al publicar por primera vez y tener tu libro en las manos, sabes que todo valió la pena. Tienes el talento, depende de ti. Termina el manuscrito, me lo haces llegar y
vemos que vaya a parar a buenas manos.

Escrito por Gustavo Yep

Correo electrónico: yep.gustavo@gmail.com

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