91 años de Soledad

el

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, un escritor, que producía en mí infinitas emociones, muy parecido al coronel Aureliano Buendía, había de recordar aquella tarde remota en que sus escritos marcaron a millones de lectores creando un hito en la literatura universal. Al lado del pelotón de fusilamiento había un lago turbio de aguas para nada diáfanas donde, muchos años atrás, Melquíades curó a los habitantes de Macondo de la peste del insomnio. En cada extremo yacían dos escritores, tan parecidos y tan diferentes: la displicencia de uno, el de más arrugas, produce llantos que, como cántaros, alimentan al lago de materia turbia que nubla el juicio y los recuerdos, mientras que la picardía y alegría del otro, más joven, vivaracho y con un ojo morado, produce alegrías inimaginables dignas de cuentos de hadas, unicornios y pueblos ficticios con colas de cerdos, matrimonios incestuosos y gitanos alquimistas. La indiferencia del escritor viejo es para con todos. Saca de un talego en forma de chivo un libro viejo cuya portada está casi por desaparecer —aunque un nombre resalta más que el resto (Vargas Llosa)— y con una pluma de faisán arcoiris de Riohacha escribe un cuento. Cada palabra, oración y párrafo penetra las hojas con tanta fuerza y dedicación que, al finalizar en punto, automáticamente el viejo gruñón olvida lo que había escrito. Su memoria va perdiendo la batalla; sabe que pronto será su turno en la línea de fusilamiento. El joven escritor, cuya picardía jamás dimitió, ya fue fusilado: un perdigón calibre 22 perforó su cabeza y en el impacto salieron ideas que volaron como mariposas fúnebres -escupiendo más historias de las que se conocían- manchadas con sangre de hipocampo, buscando una cabeza que las quiera cobijar. Ya es su turno. Va caminando con pasos lentos; olvidó qué es lo que hizo, su nombre y todo lo que escribió. Jamás sabrá que lo admiro ni la alegría que sentí al leerlo. Ya es demasiado tarde: él está arrodillado con una mirada con sabor a olvido. Él abrió los brazos —no sé por qué—;  como si quisiera abrazar a la muerte en su bienvenida. El sonido del disparo hizo volar a los jilgueros, mientras mis ganas de seguir leyéndolo permanecieron inmóviles, pero con la misma motivación de siempre. Tuve que apretar el gatillo y abrirle paso a su memoria. Ella se sentía encerrada y mareada con tantas historias maravillosas que no hacían más que sentarse en un rincón alejado y blanquearse para dar pie a mitos nuevos. Antes de apartarme del infame lugar, me atreví a tomar el talego y buscar qué es lo que el viejo gruñón escribió en sus últimos minutos de vida:

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel… Ayúdame, Mercedes, no puedo recordar”.

gabriel-garcia-marquez

Omar Ormeño

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