3 años de soledad

El 17 de abril de 2014 fue el último día de vida de uno de los nombres más importantes de la literatura mundial: Gabriel García Márquez. Han pasado 3 años, 3 largos años sin el maestro y es tan frustrante -muy irracional de mi parte- pensar que poco a poco su luz se apagó y aún quedaron tantos pendientes para con su persona.

Me gusta pensar que García Márquez no cerró sus ojos para descansar de la vida terrenal, sino para emprender un largo viaje hacia Macondo, donde están todos sus personajes esperándolo para iniciar largas e interminables conversaciones donde cada uno de ellos pedirán explicaciones sobre sus destinos. Se me viene a la mente un Santiago Nasar preguntándole el porqué escribió tanto sobre su muerte; toda la familia Buendía buscando explicaciones del por qué tantos Aurelianos; o, de repente, siendo un poco más atrevido y realista, un humilde lector queriendo preguntarle por qué nunca llegó ese anhelado abrazo con Don Mario.

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—“¿Fue tu abuela la que te permitió descubrir que ibas a ser escritor?”, le preguntó en los años setenta su amigo y colega Plinio Apuleyo Mendoza.

—“No, fue Kafka, que, en alemán, contaba las cosas de la misma manera que mi abuela. Cuando yo leí a los 17 años La metamorfosis, descubrí que iba a ser escritor. Al ver que Gregorio Samsa podía despertarse una mañana convertido en un gigantesco escarabajo, me dije: ‘Yo no sabía que esto era posible hacerlo. Pero si es así, escribir me interesa”.

https://labibliotecadehemingway.wordpress.com/2017/02/24/el-dia-que-mario-vargas-llosa-golpeo-a-gabriel-garcia-marquez/?frame-nonce=81326cff51

Sí, su presencia dejó un gran vacío, pero encuentro en sus lecturas la excusa perfecta para hacerlo sentir vivo. Me cuesta mucho pensar que criticó, hasta poco antes de que la demencia senil borrara su línea de vida, su obra máxima; asimismo, me cuesta mucho pensar que una persona -con únicamente muchos libros leídos y tan humanamente humano y tan marcianamente/irracionalmente/macondamente talentoso- haya podido concebir tal obra maestra.  Una foto de él con una sonrisa traviesa me mira mientras busco palabras para describir mis sentimientos como lector. Con mucha seguridad, si el retrato cobrara vida, me diría, “chico, tanto adulas que me la creo”.

A pesar de que físicamente ya no esté, Gabriel García Márquez jamás morirá, porque dejó parte de su vida, de su alma y de su esencia en sus obras. En Cien años de Soledad nos dejó un lugar para ir y venir las veces que sean necesarias para escapar de la realidad y adentrarnos en un mundo alquimista para explorar y navegar en los sinfines de las letras: Macondo. Y por esa razón yo siempre invito a todos a visitar Macondo y recorrer lo mejor y exquisito de la literatura.

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Usando una burda analogía, leer a García Márquez debe ser como comer un buen filete o el plato más sabroso y caro de todos. A veces intento pensar que todos deberíamos leer a García Márquez, pero, al cabo de un rato, cuestiono que no somos dignos de leerlo, porque no deberíamos ser tan afortunados de ser tan felices.

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