El libro debajo de mi cama

Inicio esta publicación con los mismos sentimientos con los que recuerdo al libro debajo de mi cama. El teclado del ordenador no para de sollozar, cada tecleo intenta vencer al segundero del reloj en una confrontación vanidosa por quién puede romper la barrera del silencio más rápido. El vaso de agua cristalina me observa como si fuera un extraño en estos lares, mi mujer y mi hija leen mis publicaciones a diario; sin embargo, es la primera vez que un vaso tan fino la lee primero que ellas. El lapicero con tinta indeleble perdió su corazón; él lo abandonó, lo dejó, lo destruyó y su tinta secó; al cabo de un rato encuentro la tapita en el suelo, y como el cupido que quise, pero nunca pude ser le devuelvo la vida al compañero de hojas. La carta aún la guardo en algún oscuro lugar de mi escritorio, sé dónde está, pero a veces intento ignorar que pienso todas las mañanas en qué hubiera pasado si se la hubiese leído. Me resulta sumamente romántico, pero a la vez bastante estúpido, pensar que le escribí una carta por cada día que la extrañé. A veces se me ocurre la estúpida idea de qué pensaría mi mujer si se enterase que archive cada una de las cartas en un antiguo libro heredado por mi padre de un amigo que conoció en Rusia. Ese es el libro debajo de mi cama, el que guarda los oscuros secretos de una mente perturbada por momentos romántica.

Hace dos años que mi hogar es mi lugar de trabajo. Paso 6 horas sentado en mi escritorio escribiendo y leyendo; es decir, trabajando. Hay días que me siento tan mal que quisiera seguir viviendo, y es esa mezcla de desamor con una seudo inspiración literaria que me obligan a abrir el libro debajo de mi cama. A menudo tengo sueños entregándole todas las cartas que cobardemente nunca entregué, pero no me da satisfacción alguna, es mi sueño, cuando despierte yo recordaré lo que hice, pero ella… pues ella no sabrá nada. Mi psicólogo dice que estoy mejorando, pero yo no veo ni siento mejoría alguna. Él cree que debería entregar el libro debajo de mi cama, ya que es bueno cerrar ciclos y fantochadas similares, creo que lo debo entregar. El libro debajo de mi cama es de mi autoría, pero no es para mí, debo dejarlo ir aunque darlo signifique abrir una caja con pesares del pasado.

Todo inició hace 10 años, cuando yo sabía que mi vida social estaba arruinada después de haber chocado el auto de mi padre contra la casa de la chica de las cartas del libro debajo de mi cama. Ella me veía tan asustado cuando conversábamos que le parecía lindo y tierno, pues las mujeres tienen ese extraño sentido de oler el amor y el miedo. Nos vimos con mucha frecuencia hasta que hicimos el amor en la sala de mi casa, frente al televisor viendo una novela brasileña acerca de una esclava morena. No podía verla, me sentía sumamente avergonzado. Al cabo de un par de días, ella tocó mi puerta y me dijo que me quería; yo le dije lo mismo e iniciamos un largo noviazgo. Teníamos sexo 5 veces a la semana durante  6 meses. No respetábamos ni la menstruación. Después, pasamos a hacerlo 3 veces a la semana; hasta que llegamos al punto de hacerlo cuando podíamos, ya que nuestros horarios eran complicados y empezaba a aburrirme el tener que abrazarla después de llegar al orgasmo. El viernes 18 de Octubre del 2006, cuando llevábamos 7 años de relación, fui a buscarla a su trabajo; habíamos tenido una discusión muy fuerte y ella no llegaba a dormir desde hacía dos noches. Salió del trabajo con un chico que estudió con nosotros en la escuela pública. Él le tomaba la mano y ella sonreía, como si su felicidad realmente estuviera con él. No lloré, no reclamé y no sufrí. Sabía lo que debía y tenía que hacer. Debía dejarlos solos hasta que su eternidad terminara. No debía interferir en su ecuación, yo era el sobrante. No estaba dispuesto a encararla, pero sí le iba a desear buena suerte en su interacción con el infinito.

Mi padre era un policía retirado que trabajo muchos años en la Estación Policial de New York y su afición a las armas siempre fue visto con malos ojos por mi madre. En mi cumpleaños número 18, él me regaló una escopeta W. & C. Scott & Son Monte Carlo B, de doble cañón, calibre 12. Así es, el modelo favorito de Ernest Hemingway. Siempre la cargaba en la maletera de mi auto por un tema de seguridad. Nunca antes la había usado, hasta aquel día. Guardé en mi bolsillo trasero dos cartuchos, cogí mi escopeta y salí del auto. Me paré delante de ellos, la miré con amor verdadero y le dije que no dijera ni una sola palabra. Él la abrazó como si yo estuviera haciendo algo malo. Les comenté que estarían juntos por la eternidad y su felicidad se mezclaría con el tiempo, el espacio y todo aquello que no es perceptible por los terrestres. No necesité los dos cartuchos. Me encontraba cerca de ellos y los declaré almas gemelas. Yo cumplí con lo que mandaban las reglas del amor eterno. Debo admitir que sí la amaba, pero ella no a mí. No sé si mi psicólogo seguirá pensando en que lo mejor sea que entregue el libro debajo de mi cama. Creo que seguirá allí, donde siempre perteneció, para que jamás sea visto ni leído.

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