Cuautémoc, primero ayúdate y después ayúdanos

Esperanzador.

Desgarrador.

Me elevó en una cierta primavera.

Me vine abajo al terminar de leer el libro. Recuerdo la avidez con la que devoré, dejándome embaucar por José Carlos, Sheccid  y aquellas promesas de amor que eran parte de la ficción; como toda verdad… Me alcanzó al enterarme de que todo era una mentira y que el primer amor era un estafa inventada por algún capitalista americano en busca de dinero. Seguramente, estimado lector, esto parezca un revolcón de sentimientos encontrados y frustraciones que no tienen nada que ver con su interés. Para hacerlo más sencillo (aunque no me gustaría hacerlo) escribiré la obra y el responsable de este soñador frustrado: Los ojos de mi princesa y Carlos Cuauhtémoc.

Los ojos de mi princesa es un libro juvenil, descriptivo, sin mucho que dejar a la imaginación, una vez leída con la cabeza fría; un libro que te sumerge en la profundidad de un personaje que solo busca acercarse a una princesa que parece salida de otro cuento, de una novela o un poema injustamente terminado. Leí su libro muy pequeño por insistencia de una amiga que suelo frecuentar. Comenzó bien: la batalla interna de un joven por querer saber de aquel mundo perverso versus la capacidad interminable de amar a una jovencita de su edad; obviamente, ganó lo menos obvio. El libro, en términos sencillos, es básico, simple, directo. Hay una brecha no tan grande cuando se publica la segunda entrega de este amor que todo joven esperó culminar en “y fueron felices…“. Leí la segunda entrega, más por masoquismo que por querer saber en que culmina. En la portada del libro hay una aclaración, y el mismo escritor lo dice, acerca de que el libro es un recuento de sus pasiones del pasado, de un amor no correspondido, de sus ganas compulsivas de querer consumir material pornográfico. No puedo precisar hasta donde lleva su vida al libro, en donde termina la realidad para comenzar la ficción. No puedo precisar bien nada acerca del final del libro, porque el final es una daga que caló en el alma; que al parecer  lo hizo el más vendido y continuó, tan mala como la primera.

Cuautémoc reside en un país donde hay cárteles de narcotráfico, un ávido lector desde los doce años, influenciado por un abuelo escritor, que movió aquella febril hebra de querer entregarse a la literatura. Le fue bien. Ha ganado dos premios, que no he oído jamás en mi vida. Rechazado por más de ocho editoriales cuando quería publicar su primer libro “Te extrañare”. Escribe libros de autoayuda… Muchos libros de autoayuda, en realidad: es una buena estrategia, en estos tiempos, escribir cosas que ayuden a seres miserables que buscan simplificarse la vida leyendo moralejas burdas y badulaques. No sé qué moraleja podría sacar de  Los ojos de mi princesa, ¿qué te puedes encerrar en tu cuarto e inventarte toda una historia? Este libro más parece un exorcismo de un ser traumado, con baja autoestima y problemas de personalidad en la infancia. Es un libro desesperanzador, casi culminando. Deja un trauma con los finales felices que no mejora, sino por el contrario, empeora leyendo las novelas de Sábato, Rayuela de Cortázar. Me hace pensar, ¿cuán miserable debe ser la vida de aquel escritor para estropear un final feliz? Es proceso de la creación, lo que indica el alma en aquel duro proceso de crear. No soy nadie para juzgar la obra de nadie; sin embardo, puedo recomendar el libro para todos aquellos seres que quisieran tener un despertar violento y duro, para todos aquellos que quisieran dejar de creer en ese amor americano que nos venden en las películas de estos tiempos.

José Carlos Camelu

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