Conversación con Fernando

— Tengo que revelarte un secreto, pero antes déjame explicarte algo, que es probable, no te interese: realmente estoy cansado de asistir a la iglesia todos los domingos y pagar tributos de un negocio que no alcanza para Juana ni para los chamacos. Pagar impuestos es injusto y mucho más si para estar en la senda de lo legal, hay que básicamente tener el doble de capital con lo que pensabas inocentemente empezar. Pertenezco a la asociación de “emoliente del Perú” y trabajo al frente del aeropuerto Jorge Chaves, para iniciar el negocio tuve que invertir algo de dos mil soles más los quinientos soles que tuve que pagar al vigilante del aeropuerto por el “cupo o privilegio” que tenía por un par de metros en la acera. Le pague a regañadientes de Juana, que me decía que no era necesario; cuando lo vi que permitía entrar a varios sujetos con lentes oscuros con varios mochilas, no me quedo de otra, tiempo después lo vi en el periódico con el nombre de Oropeza. Supe en ese instante que en el Perú no se podía progresar. — dio un suspiró, se acomodó en el asiento y continuo — El sacerdote, cuando asisto a la iglesia, siempre me hace darle cien soles para mi salvación y para orar más fuerte, debido a que soy un informal paso a formalizarse. Juana es creyente acérrima, así que todos los domingos tengo que darle, y si me enfermo, Juana va sin los chamacos y regresa desalineada mordiéndose los labios. Ahora, con respecto al secreto, es simple: voy hacerla de kamikaze y voy a incendiar el aeropuerto. ¿Por qué esa decisión? Espera, sé que estás impaciente por hablar, pero deja que termine de contarte todo. El sub gerente general que administra todo el aeropuerto un domingo a las ocho de la mañana, estuvo en mi puesto tomándose una quinua con tres panes con pollo. La comelona paso  normal, parecía degustar lo que estaba comiendo, cuando en la avenida comenzó a haber más tráfico: camiones, buses comenzaron a tocar sus bocinas. Él comenzó a incomodarse y en una de esas, me dijo que si tenía licencia para estar acá. Yo le dije que no, que lo estaba sacando, mientras atendía a otro de los clientes. “Así que no tienes, gringo, pues en este momento te retiras de este espacio. Soy el sub gerente este aeropuerto y no quiero arribistas como tú, malogrando la imagen de mi negocio” me dijo todo altanero. ¿Qué crees qué hice? Pues sí, le tire la olla hirviendo en la ropa. Él se puso rojo por la cólera o porque estaba hirviendo la cebada. Llamo a la policía, me botaron las cosas al piso, vino un sereno con su camión y me pusieron una multa de tres mil soles para pagar antes de la semana. Sabes que yo no tengo plata, Fernando, ¿de dónde voy a sacar tanta plata? Así que decidí explotar el aeropuerto. Con lo poco que conseguí ya mande a su pueblo a Juana y con ella a los chamacos. ¡Vaya que fue duro verlos subir al bus! Pero no me atrevería a ver que abusen de ellos, al menos sé que no van a sufrir tanto allá. Eso es todo, Fernando, sé que no me vas a detener, pero al menos sabes el porqué de mi decisión — se dejó de mirar frente al espejo, abrió la puerta de su casa a esteras y se fue, dejando atrás un espejo roto y una silla a punto de desmoronarse.

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