Un posible hasta luego

Rita es una mujer que ha alcanzado ya la madurez. Su rostro está marcado por arrugas que denota el peso de los años. Sus ojos negros y vivaces, ahora expresan languidez. Rita pasa las horas sentada en un sofá viendo telenovelas en un televisor que apenas puede mostrar los colores y los rostros de los personajes.

Terminado el atardecer, se acerca a su balcón y coge una silla para sentarse. Mira a la gente transitar por las calles convenciéndose cada día, cuánto ha cambiado el lugar que alguna vez vivió su juventud y que alguna vez intentó ser feliz.

Eran tiempos mozos, donde Rita con una piel más tersa y un leve bronceado, cubría su bien formado cuerpo que ponía en manifiesto la flor de su juventud.  Era desconfiada y reservada, característico en su personalidad.

Había iniciado una aventura amorosa, apenas había alcanzado la mayoría de edad. Aquel joven era Lalo Ornaza, muchacho callado y soñador. Era mayor que Rita, pero con muy poca experiencia en el amor. Paseaban juntos bajo los árboles por las calles de la ciudad hasta llegar a la casa de Rita. Sentados en el sofá hablaban de los planes a futuros y del destino que darían a sus vidas. Rita era entonces una chiquilla muy linda, y Lalo la estrechó entre sus brazos y la besó.

Minutos después se dejaron de besar,  avergonzados y confundidos, Rita solo se quedó sentada en su sofá pensando en lo ocurrido y en lo que sentía por él. Mientras Lalo le pide que sea su novia. Rita, con toda su reserva y desconfianza que caracteriza su personalidad, se entregó por completo a las emociones del amor.

Lalo le confesó que saldría a trabajar fuera de la ciudad, Rita quería marcharse con él, expresándose con una voz quebrada su recóndito pensamiento.

  • Yo trabajaré y tú también – le dijo-. No quiero que estés solo, y menos ser una carga para ti en tu progreso. Por el momento dejemos de lado el matrimonio, aunque vivamos en el mismo techo. Nadie hablará a nuestras espaldas porque nadie nos conocerá en aquella ciudad y nadie se fijará en nosotros.

Lalo quedó conmovido por aquella decisión de su novia, por la manera que se aferraba a seguir con él, sin embargo su necesidad de protegerla y cuidarla hizo que tomara  otras decisiones.

  • No tienes ni idea de lo que dices- expresó-. Tenlo por seguro que no permitiré que hagas tal cosa. En cuanto gane una buena remuneración, regresaré por ti. Por el momento te quedarás aquí, es lo único que puedo hacer por ti.

La víspera del día en que había de marcharse para empezar su nueva vida en la ciudad, había llegado. Lalo fue a buscar a Rita y la noche empezaba a caer. Pasearon por las calles durante una hora; luego con un coche se movilizaron hasta los campos, alrededores de la ciudad. Salió la luna, y los muchachos no supieron qué decirse. Salieron del coche junto a un extenso prado que descendía hasta el pide un árbol de cerezos, y allí, en la pálida claridad, fueron amantes. Cuando retornaron a la ciudad, hacia medianoche, los dos estaban muy alegres.

Parecía que ningún acontecimiento futuro podría borrar la maravilla y la belleza de lo que acababa de ocurrir. Lalo dijo al despedirse de ella a la puerta de su casa:

—De aquí en adelante tendremos que seguir unidos, pase lo que pase.

El joven Ornaza, no conseguía estabilidad en su nuevo empleo y se marchó hacia otra planta de almacén. La soledad hacia que escribiera a diario a Rita. Pasado los meses, la vida en la nueva ciudad lo fue envolviendo, conociendo nuevas amistades y la existencia de nuevos atractivos de distracción. Se hospedaba en una casa pensión, que en su mayoría era habitada por mujeres. Una de ellas despertó su interés, olvidando la existencia de Rita.

Antes de culminar el año, Lalo dejó de escribirle a Rita y solo la recordaba cuando era muy de noche o de cuando en cuando paseando solitario por alguna calle de la ciudad y veía brillar la luna como aquella noche que estuvo con su amada Rita tendidos al final del prado.

Mientras que Rita, ya iniciada en el amor, fue adquiriendo cierta madurez hasta hacerse mujer. Consiguió su primer empleo en un almacén. Durante años Rita no fue capaz de creer que Lalo no regresaría por ella.

Al estar empleada hacia que su tiempo de espera sea menos largo y penoso. Empezó a ahorrar dinero, con ímpetu de ir a la ciudad en busca de su amante en cuanto tuviese ahorrado una buena  cantidad de dinero, a fin de intentar de estar presente y reconquistarlo.

Rita no juzgaba lo ocurrido con Lalo, aquella noche en el prado a la luz de la luna, pero a la vez experimentaba esa sensación de no poder estar con otro hombre. Concebía horrorosamente el hecho de entregar a otro lo que conscientemente ella creía que solo pertenecía a Lalo. Hizo caso omiso las sugerencias de otros jóvenes que intentaban llamar su atención. – Pertenezco a Lalo y lo seguiré, así vuelva o no a la ciudad – se decía convincentemente.

Conforme pasaba el tiempo, empezaba a sentir el peso de la soledad, poniendo en práctica algunos recursos comunes de las personas solitarias. Por las noches solía rezar antes de acostarse, y en medio de sus plegarias susurraba las cosas que deseaba decir a su amante, por más pecaminoso que sonase. Se aficionó a ciertos objetos de ornamento y no permitía que nadie se acercara a los muebles de su habitación ya que lo consideraba exclusivamente suyos. Siguió ahorrando a pesar que había abandonado la idea de ir en busca de su novio fuera de la ciudad. El ahorro se convirtió en un hábito, a tal punto que no gastaba ningún centavo por más que necesitase comprar ropa nueva a fin de economizar. Aún mantenía la esperanza de compartir ese dinero con Lalo, y vivir de sus rentas.

Los días pasaban, convirtiéndose en semanas, las semanas en meses, y estos se transformaron en años. Rita aun soñaba con el regreso de Lalo. Todas las tardes al regresar a casa, terminaba de arreglar su habitación, salía al balcón y miraba las calles recordando los paseos con Lalo y las promesas de aquellos años.  —De aquí en adelante tendremos que seguir unidos, pase lo que pase-. Era lo que le había dicho Lalo años atrás, esas palabras no se le iban de la cabeza a Rita. Los ojos se tornaban húmedos al recordarlo y cada día cobraba mayor fuerza la idea de que no volviese, deslizándose el temor en su alma.

Llegada la primavera en la ciudad, Rita no volvió al prado desde aquella noche con Lalo, habían transcurrido más de 10 años desde que se marchó. La soledad le fue insoportable absteniéndose de salir con otros jóvenes, armándose de valor vistió sus mejores atuendos para salir al prado. No pudo permanecer sentada por mucho tiempo y se levantó, mirando a su alrededor le hizo fijarse en el tiempo que pasó. Percatándose que los años también habían pasado por ella, perdiendo su belleza y juventud. Por primera vez sintió la sensación de ser engañada. En ese momento no culpó a Lalo, ni a ella, pero tampoco sabía a quién echársela. Envuelta por la tristeza cayó de rodillas, hizo el esfuerzo por orar y en lugar de rezos, salieron oraciones de protesta.

  • No volveré a ser feliz- exclamó sollozando.- tanto tiempo de espera y hasta no he vuelto a tener noticias de él.- vociferaba con amargura y pena.

Rita se amparó de la Iglesia por temor a la soledad. Sentía la vejez y pensaba que si Lalo volvía ya no la querría como antes. Todos los viernes después de trabajar asistía a una reunión de su iglesia. Rita no negó la compañía de Pablo, hasta su casa una vez culminada la reunión.

– Claro está que no consentiré que se acostumbre a venir conmigo siempre; pero no veo peligro alguno en que venga de tiempo en tiempo-, pensó, decidida siempre a serle fiel a Lalo.

Cuando se despidió de Pablo, al quedar de pie en la puerta de su casa, sintió la necesidad de llamarlo a que regrese y se quedara junta ella en la oscuridad en el pórtico de la casa, tal vez él no lo entendería, solo quería huir de la soledad y no terminar desacostumbrarse del trato de la gente.

No obstante, cada vez que Pablo la invitaba a pasear, ella lo despedía de forma cortante. Cada vez que caía la noche se quedaba despierta horas de horas en la cama de su habitación, mirando fijamente al techo en medio de la oscuridad, pues había algo en lo más profundo de su ser, que no se dejaba engañar con fantasías y exigía a la vida una respuesta bien definida. Rita cogió una almohada y la apretó fuertemente contra su pecho, aunque algunas veces se acordaba de Lalo, lo cierto es que ya no contaba con él. Tampoco deseaba a otro, sus deseos era imprecisos, solo quería ser amada que hubiese algo que respondiera al llamado del eco que surgía de su interior.

Rita tuvo una aventura –frustrada-, en una noche de lluvia. Invitó a Pablo a que entrara a su casa, Rita subió a su habitación y desvistiéndose a oscuras, imaginó la lluvia caer sobre su cuerpo. Se apoderó de ella un deseo loco por salir a correr desnuda, hacía muchos años que no se sentía llena de juventud. Cogió una sábana y se la envolvió en el cuerpo, se acordó que Pablo estaba sentado en la sala, bajó por las escaleras y sin decir una palabra se acercó a él besándolo con desesperación. Pablo confundido  y avergonzado quedó inmóvil ante la acción de Rita.

Con esa misma vergüenza, Pablo logró huir de los brazos de Rita, que fuertemente lo tenía cogido. Tan asustada estaba Rita, pensando en lo que había hecho, mientras Pablo huía;  ella no tuvo valor para llamarlo. Subió raudamente a su habitación, se encerró por dentro y arrimó la mesa de tocador a la puerta. Se metió en la cama, hundió su rostro en la almohada y sollozó desconsoladamente. Al día siguiente, procuró armarse de valor para acostumbrarse a la idea de que son muchas las personas que se ven obligadas a vivir y morir solitarias.

Su juventud y belleza se consumió por la añoranza, sus años mozos terminaron acompañados por la soledad sentada en el mismo sofá viendo telenovelas, y que alguna vez allí conoció el amor e intentó ser feliz.

Escrito por Silene Pacheco para La Biblioteca de Hemingway.

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