Amor al Prójimo

«—Mamá, ¿qué es el sexo? — preguntó Cata.

 María había leído algunos artículos de psicólogos que escribían acerca de que al niño debían decirle en esencia lo que era: la conexión de dos partes íntimas en busca de un ¡oh!, pero todo ese discurso preparado con meses de anticipación, inclusive antes de que naciera, hoy, no servía de nada, salvo para llenarse de conocimiento y compartirlo en algún café de Barranco.

— Es todo sobre el amor. Sexo es igual a amor. Uno tiene que amar para tener sexo — dijo una atolondrada María. Suspiró y rápidamente se dispuso a ir a misa.

Ella creyó haber saciado la curiosidad efímera de su hija, quien parecía no prestar atención. Siguió observándose frente al espejo. El esposo estaba defecando en el baño de visitas,  leyendo el Trome, con la puerta del baño a medio abrir.

Cata repetía para ella misma: “El padrecito Cuteo nos dice cada domingo que  hay que amar al prójimo, amarlo como a uno mismo. Estoy confundida”.

— ¿Cuándo tendré la edad suficiente para amar a alguien, ma? — preguntó, mientras observaba a su papá salir del baño.

Ella toda atolondrada, viéndose los senos libidinosamente frente al espejo. La pregunta flotaba entre deseos incontrolables que crecía dentro de la esposa.

— María, amor, ¿lista? — dijo el esposo mientras abría la puerta de la casa.

Se dejo ver al espejo y dio un fuerte manotazo a su trasero. Hoy tendría sexo en la pequeña penitenciaria de la iglesia, entre rezos y lamentos, entre sermones y amenes que seguro habría.

— ¡Ma!

—Dentro de un par de años, Cata, dentro de un par de años — dijo, mientras salían de la casa, cruzaron la Brasil con dirección a la capilla que estaba  cuadras más abajo. Paca de la mano de la mamá y el papá fumando un cigarrillo que había sacado del bolsillo. Esa mañana no le prestaron mucha atención a los vendedores que ofrecían sus diferentes productos casi restregándolos sobre el  rostro de los transeúntes.  Solo el esposo pensó en como cuatro sujetos cabían en un par de metros de acera. María maldijo a Castañeda y toda la sarta de políticos que no hacían nada y gastaban la plata en obras que parecían de plástico. Cata se asustó por los insultos que oía decir a un par adultos enfrentados, otros insultos ya había escuchado decir a su padre a su mamá y no le sorprendía en lo absoluto, hasta que divisó una campana que se alzaba majestuosamente.

  Había llegado a la capilla después de zigzaguear a unos cuantos individuos. Ella  estaba adornada por una bandada de pájaros posados sobre  cada esquina de ángeles empedrados en el pórtico. Había carros mal estacionados y  ambulantes que vendían biblias y chucherías que se divisaba regados por el piso. La capilla había perdido su esencia; ahora estaba próxima a convertirse en un centro comercial religioso llenó de griteríos.  Cata se sorprendió por la multitud y  al ver a los ángeles, los ojos se expandieron como platos. Los ángeles parecían sonreír y comprobar la teoría de Paca; que el amor y el sexo estaban muy enraizados. Ella quería amar a todos, pero aún no sabía si quería acostarse con todos.

— Tienen que amar al prójimo como a uno mismo, hermanos y hermanas —se oía una voz palpitante que se inculcó dentro de Cata ni bien entró —, pues el amor hay que compartir; y dios dijo amar al prójimo como a nosotros mismos — se quedó pasmada. No tuvo tiempo de mirar las remodelaciones que habían echó de los asientos, ni la poca gente que había ese domingo. No se quedó dormida como acostumbraba. Observaba a su mamá y su papá desesperados, sobándole la cabeza, intentando hacerla dormitar. El padre vociferaba jubiloso canticos que parecían algún encantamiento vudú que caló en Cata. Era moreno, crespo con una ligera barbilla y su voz melodiosa, como si la serpiente que escapó del Edén hubiera poseído a ese hombre. Y así María y su esposo se quedaron dormidos con la voz del padre.

A la hora de terminar la misa dominical, el cura se acercó a saludar a los fieles creyentes, chispeando agua sobre las cabezas con un clavel blanco. “Amar al prójimo como a vosotros mismos” decía mientras pasaba con su sotana que acariciaba el piso. Cuando pasó por Cata, la miró fijamente, le agarró el cabello y le susurró algo al oído. Después con una leve sonrisa se alejó de ella que se había quedado absorta. La gente vociferaba unísonamente “Amen, señor” y movían las manos de un lado al otro; otros, en cambio, lloraban y se empujaban por sentir una minúscula gota del clavel bendito. Cata estaba abducida en una idea  ».

Ni bien pasó el par de años que le dijo María, atolondrada por aquellos años, al primero que dejó que la amará es a su papá, que había llegado ebrio después del cumpleaños de su hermano. Cata nunca dijo nada. Tenía una idea clara llena de mierda, algo antagónico que se oscurecía conforme callaba sus pesares a su mamá, que no atinaba a dar con el motivo de las malas calificaciones en el colegio. Ni su papá ni ella hablaron del tema en particular en los postreros años. Una vez al mes,  casi religiosamente, entraba un sujeto (al cual ella ya no pudo identificar meses después) sigilosamente a amarla. Se acercaba, como se le acercó la serpiente a Eva, y le dijo: “Tienes que amar a tu prójimo”. Así fue aquella adolescencia.

Ahora tiene diecinueve y vive por Comas, en un barrio alejado de los buenos valores y costumbres; y para lo que todos creen en el barrio, Cata no es la más putilla de todas, sino es superada por la Toña que acostumbra a regalar satisfacciones si le dices que es beatiful , con un acento inglés y le juras que has visitado EEUU. Cata no cobraba tanto porqué así lo deseaba, sino debido a que había algo que meterse a la barriga. Se le inculcó que tenía que amar a las personas y eso es lo que hacía. Demostrar amor al prójimo. Nadie sabe que ella ama al prójimo, en especial a ladrones, violadores y enfermos; así salva la tierra de violaciones y robos. Ella quiere acostarse con todo el mundo, todo el tiempo, en cualquier momento del día. No le tiene miedo a las enfermedades, porque se dice a ella misma que Dios no la dejará contraer ninguna, debido que lo que hace es por amor al prójimo. Vive de las propinas que le da algún que otro cliente por alguna cosilla que hace o lame bien. Así pasa sus días, dicha heroína discreta.

Esta heroína acostumbra pasar todos los martes por la Arequipa de seis a once de la noche a dar su diezmo sexual. Recorre  desde la cuadra veinticinco para adelante, con una minifalda y un escote, deleitando a toda la sarta de chimpancés que encuentra en el camino. Se pone un letrero que dice “Amo a mi prójimo” y solo basta con rozarle un hombro para que responda un “¿Qué quieres que haga, papito?” fingiendo un acento cubano. Ya al terminar las once y casi estar por la cuadra sesenta, toma la dieciocho y se va para Comas. El trayecto se le hace complicado, debido a las irritaciones que tiene y el dolor que no le permiten sentarse; así que está parada un tramo y el otro sentada. Si no está cansada, masturba en los últimos asientos del carro a cualquier sujeto, sino, se duerme pegada a la ventana con las piernas abiertas. Cata nunca supo cómo siempre en el último paradero se despierta y baja casi a la volada con algunos piropos que nunca acaban y cada vez se hacen más descriptivos. Está cansada, así que toma una moto, que la queda mirando; él que maneja también está cansado, así que le paga el doble, en pro de valorar su esfuerzo, le dice al bajar. Camina, saluda a chicos que están tomando en la esquina y entre risas, ella promete salir más tarde. Casi llegando ve la luz de su cuarto encendida. Parece que tiene visita. Está colocando la llave y la puerta se abre.

— Cata, hijita, te estaba esperando — dice un hombre ya de edad con rasgos morenos.

— Padre Cuteo — responde una Cata resignada.

Entra, apaga la luz de la pequeña sala que tiene. El padre la toma de la cintura y en silencio se ingresa al cuarto, con la singular idea de amar al prójimo como a ella misma.

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