Antes de un café

Era un martes aburrido, como todos mis martes. Lo único que me mantenía vivo era escribir y leer. Había eliminado todo tipo de emociones en mi vida; quizás, porque era consciente de que las emociones más grandes eran las que más daño te hacían y aún no podía sacar la cobardía que guardaba adentro. Mientras bajaba del auto, pensaba en los buenos libros que tenía para leer, ya que 1984 de George Orwel había puesto la barrera muy alta. Estaba dubitativo, era un gran problema dentro de lo simple que intentaba que sea mi vida y no permitiría andar con la duda en la cabeza, no importaba que tan minúsculo era el problema; deseaba, con todo mi corazón, llevar la vida más tranquila lejos de absolutamente todos los problemas y de las personas que me causaran problemas. Mis razones para estar en un estado como el mío eran muy entendibles, puesto que salía de una decepción amorosa que trajo como consecuencia días muy difíciles para mí. Dejé una mochila muy pesada, con los recuerdos más hermosos que tres años y medio de relación podían darme. Me liberé de los malos recuerdos y mandé al desvío los buenos; comencé a vestir la mejor ropa que tenía y entré al gimnasio; estaba herido y poco a poco comencé a curarme; y pese a que fue complicado, prometí que nunca más volvería a sufrir como lo hice, no volvería a ser rechazado y mi integridad y mis sentimientos estarían delante de todo.

Abrí una caja de Pandora, que decía amor, la cerré con las mismas fuerzas con las que la abrí. Después del sufrimiento y de la rehabilitación, me encontraba más frío y preparado para vivir mi vida. Ingresé a una conocida cafetería para iniciar una tarde dedicada a mí. Escogí esa cafetería, porque ponían un espectacular jazz y hacía que mis ideas fluyan con más rapidez al momento de escribir. Saqué un billete y vi a una señorita muy atractiva en la caja. Automáticamente, nervioso y sin palabras, pedí un café americano; ella preguntó si estaba bien si lo quería en tamaño mediano, pero los nervios ganaron la batalla. Acepté mediano y pude ver que su nombre era Claudia. Ella me dio el vuelto y después de cruzar miradas, le di un vistazo a mi celular (estaba muy nervioso). Recogí el café, que fue entregado por un chico bastante amanerado, y busqué mi asiento de siempre. Estaba muy acostumbrado a sentarme en “mi lugar de siempre”, que tenía un sillón amoblado muy cómodo, pero no, hoy voy a sentarme en la puñetera barra para poder mirarla.

Habían 4 jóvenes atendiendo, yo, mi cuaderno de apuntes y mis ojos mirándola. Ella no era una chica bellísima, pero tenía un no sé qué, que me ponía no sé cómo. Se me fueron las ideas. Le envié un mensaje rápidamente a mi mejor amigo, él- como buen macho que se respeta- me dijo que me acercara y le hablara. No estaba muy seguro de tomar esa decisión. Cabía la posibilidad de que tuviera enamorado y seguramente alguien más habría visto lo linda que era antes que yo, alguien de su trabajo, posiblemente. Vi que se acercó a uno de sus compañeros y le dio una de galleta, hasta el día de hoy, no estoy seguro si era solo mi imaginación o realmente estaban coqueteando, pero aunque les suene ridículo me entraron unos celos bastante tontos. Recobré la calma después de seguir mirándola; ella continuó con su trabajo y yo seguía sentado intentado mirarla sin que ella lo notara. Así pasaron los minutos, la gente comenzó a llegar y la veía cada vez con mayor presión y mis esperanzas de poder acercarme y decirle al menos un par de palabras se comenzaron a desmoronar. En aquel momento, unas ganas increíbles de hacer el ridículo entraron en mi cuerpo. Estaba decidido, voy a ir a hablarle, me importa un rábano que esté con harto trabajo, me importa poco que tenga enamorado y no me interesa que esté al lado de ella: comprendí que las oportunidades se presentan una vez y que solo se vive una vez, estaba decidido a hacer lo que mandaba la razón y los sentimientos del momento. Puse rápidamente la canción de mi vida: “The way you like tonight” de Frank Sinatra; a penas terminó guardé todas mis cosas y las puse en mi bolso. Me acerqué, le sonreí y ella, tiernamente, me miró y me preguntó en qué me podía ayudar; yo, actué de la manera más absurda del Universo, pero no me arrepiento de lo que hice. Le dije lo siguiente:

“Hola, es bastante raro lo que me acaba de suceder y de antemano te pido disculpas. Desde que he llegado no he dejado de mirarte, me pareces una chica súper atractiva y tienes una belleza única. No quiero tu número ni mucho menos invitarte a salir, aunque me encantaría hacerlo. Solo quería decirte los sentimientos que avivaste en mí. Discúlpame nuevamente por hacerte pasar este momento tan incómodo. Espero poder verte la próxima vez que pase por acá”.

Ella, bastante sorprendida, atinó a decir: “Muchas gracias, qué lindo”. Tenía una cara de sorpresa impresionante, pero ya no tenía nada más para ofrecerle, así que como el guerrero que fui, me despedí y me retiré.

Hasta ahora no sé si lo que hice estuvo correcto o no, pero solo espero que la próxima vez que la vea las cosas se puedan tornar diferente. Lo importante es que si en algún momento algo bueno pudiera pasar con aquella bella chica, mi amor por las letras será el primero en manifestarse.

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