Encuentro Fortuito

Lo conocí en la cola del cine que está en la cuadra dieciocho de la avenida Brasil; estaba decidiendo con cierta predilección por poner la vista sobre el cartel de El ciudadano Kane, de un director reconocido que se ha ganado el Oscar a no sé qué y una película sobre un amor tórrido entre un Nazi y una judía.

Sin pedir permiso y sin preguntar me senté a su costado en la sala del cine; era un chico de tez canela y cabello rubio con ciertos ademanes sureños; debe de ser uno de esos tipos que ven muy buenas películas y anda solos a cualquier parte; inteligente, curioso, apasionado y buen amante, por su barba poblada. Se encontraba sólo, era como si la presa se hubiera entregado voluntariamente a los dientes del león. Lo mire, como había practicado tantas veces frente al espejo y creo que  no resultó porque no logre inmutarlo, no titubeó, ni siquiera esbozó una sonrisa. Sin embargo, lanzó un lapicero detrás de mí e hizo como si fuera mío y me lo ofreció, se notaba su amplia experiencia en encuentros fortuitos.

Soy muy prejuiciosa con respecto a eso. A veces creo que puedo leer almas como si fueran libros que se me entregan, y, en una especie de burbujeo salen sus deseos inconscientes. Ahora, a este sujeto no solo su barba poblada lo hace apetecible — tengo que confesar, que me siento como una leona a punto de someter al león —. Este sujeto tiene un no sé qué, tal vez es el olor que emana lo que lo hace irresistible a mi paladar. “Hay que guardar la compostura” me gritaba para mis adentros (que estaban ya casi fuera). Solo estaba sentada, intentando calmarme y  escuchando de vez en cuando la misma frase: “Rosabud”. El chico me miraba de reojo, y, como si la película lo aburriera, comenzó a alzar el brazo, me incline un poco en la butaca, y cayó sobre la parte donde inicia un recorrido peligroso. Entonces, se me vino  a la mente Pocho y sus lindos detalles en San Valentín: sus cartas, aquella cartera para nuestro primer aniversario que estoy usando y un monito que dice te amo cuando lo tratas mal, — que curiosamente se parece a él —. Lo que me consuela es que él sabe sobre mi problema hormonal; es por eso que nunca me dejaba andar sola, porque cuando el volcán estaba humeando, sí o sí, tenía que expulsar hasta la última emoción. Me acerque a su cuello, como toda una vampira y ese aroma a The Godness de cierta perfumería en Paris violentaba  mi existencia, con ciertos espasmos a victoria.

— Y, ¿si vemos la película? — susurró a unos milímetros de mi boca.

— ¿Tu nombre? Dímelo, por favor — estúpidamente parecía ronronearle, como si fuera una gata voluntaria a otro gato.

— ¿Lo dejamos en Kane?

— Como gustes, señorito — ¡Sí! Ese es el truco: poner en duda su hombría, que siempre es refutable ante las amenazas de algún curioso y ocurrente castigo, que termina en gloria en el hotel de la cuadra veinte. Ni se inmutó, solo sonrió e hizo un gesto de fastidio y guardo la compostura. Ya habíamos perdido la orientación de la película cuando decidimos besarnos.

La sala estaba invadida por unos cuantos enamoraduchos que solo atinaban a agarrase la mano y una pareja de ancianos que intentaban azuzar el amor.  En un instante me di cuenta que también él, estaba fijándose en las partes más oscuras de la sala para liberar la tensión del momento, porque ¿hacer el amor? Eso solo lo hago con mi Pochito lindo; que de seguro se va a poner a lloriquear ni bien le cuente, para luego dar inicio a los reclamos, unos cuantos insultos y a pedir perdón para finalizar (me sé de memoria su libreto de novio correcto).

Él seguía a unos milímetros de mi boca y sentía toda su respiración meterse por mi escote para finalizar en un submundo refundido limpiamente. Agarre su muslo y comencé a frotar como para invocar al genio de la lámpara. Sus ojos estaban desorbitándose junto con los míos. “Ring, ring…” sonó un celular en la butaca de arriba. Y mientras todos chisteaban. Él me agarró fuerte del brazo y me arrastró hacia una esquina de la sala. En la siguiente fila una abuelita estaba de rodillas intentando revivir ciertas emociones, tres filas más abajo, algo asqueroso, pero gracioso; un abuelo graznaba mientras la abuela cacareaba, pero nadie los oía.

La ropa — no sé en qué momento — se deshizo, como si nuestras pieles las hubieran incendiado. Kane, se sentó y me hizo cabalgar de espaldas; cerré los ojos y lo oía rebuznar mientras yo me sentía chillar, como algún pericote copulando en la cocina. Y aún con los parlantes invadiendo toda la sala sentía que me oían, pero eso me daba más ganas. Mi situación motivaba a esos enamoraduchos de manos a querer besarse; inclusive me pareció ver a dos testigos de Jehová, ambos varones, entregándose a ese torrente de pasión que ni Dios puede detener.

No siento pena por mí, sino por Pocho y en lo angelical que me ve. Cuando mi mente y boca erosionaron; Kane había terminado, podía sentirlo. Me asusté y salí corriendo de la sala. Tenía que ver a  Pocho, le pediría disculpas y lo besaría hasta morir. La gente de la sala ni se incomodó, al parecer todos habían perdido la orientación de la película;  todos estaban besándose como perros, lamiéndose los hocicos, los abuelos seguían intentando hacer el amor, los testigos estaban configurando el amor y los enamorados hacían el amor… Kane me siguió con el pantalón a media nalga.

Cogí el celular, marqué rápidamente el número y timbré, hasta que sentí una mano que me atraía hasta él; nos besamos como si nuestras bocas estuvieran hechas de mariposas. Lo miré fijamente. No era tan simpático como lo había visto; tenía una expresión de babosón, medio chaposo.  Caminamos un buen tramo con la gente que se retiraba al comenzar la noche, y  con los abuelos que acaban de salir contentos por  su aventura. Sonreí. “Algún día estaré así con Pocho” pensé. Bajamos las escaleras. La incomodidad se dejaba entrever ligeramente en el ambiente.

— ¿Cómo te llamas? —  rompí el hielo.

— Teófilo, señorita — dijo con un dejo que denotaba cierto bochorno post sexual.

— ¿Qué director era el de la película? — exageré un poco y lo dije como si fuera una idea la que se hace y no una pregunta.

— Orson Welles, señorita — dijo sonriendo.

No me preguntó mi nombre. Se me vino a la mente la película y el director, después de todo, Orson Welles era uno de los más grande directores de cine y teatro del siglo XX, y en lo grandioso que hubiera sido poder concentrarme en la película.

Escrito por Jose Deghenteri Camelu para “La Biblioteca de Hemingway”

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