Letras Independientes

“Dame soledad y te daré compañía; dame malos ratos y te daré los mejores de mi vida; dame suicidio y te daré una razón para vivir; dame un corazón triste y te daré el mío; dame una pluma y te daré mi razón de vivir”.

Te quiero una tarde soleada, con aves volando alrededor del sol, donde habitan solamente las criaturas de luz. Solo existe el sol, ya la noche no es para nosotros. No te preocupes por dormir, por soñar. Nuestros sueños ya están plasmados en esta tierra. Colinas muy largas, árboles como los rascacielos que solían existir cerca de tu universidad, un cielo de aguas cristalinas con pedazos de algodón de azúcar bañan tus ojos.

No hay focos, ni aparatos electrónicos. Solo está el sol, nosotros y los libros. Libros regados por todas partes, como si fuera parte de la tierra. Parecen hablar, como susurrándote algo al oído tan privado, que parece incomodarle a la gente. Ahora comienzan a gritar unísonamente que te sigo queriendo.

Te sigo queriendo. Te quiero en una turba de versos agitados corriendo al vacío, ¿ves? Como de a gotas se va llenando ese vacío que parecía no hacerlo. La turba comienza agitarse, a perturbarse. Comienzan a romper filas. Al final del gentío de versos, se puede divisar un alma lejana, imponente. Ella comenzó agitar las alas, como moviendo los brazos. Y el alma de los versos empezó a evaporarse. Se puede ver claramente como el alma de muchos versos están sujetos a las consonantes, agarrándose con fuerza para no dejar de existir, luchando contra aquella alma. Ella sigue moviendo las alas.

Toda la turba se ha ido; los versos ya no están. Solo hay polvo, polvo blanco y esa alma tan contrariada. Ahora se puede divisar claramente la estructura de aquel ser tan blanco, tan negro.

Es un verso. Eres tú ese verso.  Estaba con los ojos cerrados  y las alas extendidas. Comienzas abrir los ojos y  ves blanco. Te acuerdas de mí; te acuerdas de ti. Te acuerdas que fui polvo blanco, que siempre fui sonrisas, besos y muchas caricias, pero yo. Yo te sigo queriendo- terminan de decir los libros.

José Carlos Camelu

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