La mujer de mi vida Parte II

Para Déborah Torres Ochoa. Gracias a personas como tú continúo con este loco sueño. Te quiero.

“Y cuando me duerma quiero soñar profundamente con el más hermoso sueño jamás pensado. No quiero despertar, solo quiero perderme en la algarabía de vivir en un mundo ficticio en el que no encontraré dolor; no habrá muerte y no se respire aire, sino amor. No quiero despertar, solo quiero dormir, para poder abrazarte una vez más tía. No quiero despertar, solo quiero dormir para soñar con un mundo mejor, donde pueda apagar las luces sin temerle a la oscuridad. No me despiertes, mamá, que yo mismo despertaré, pero cuando termine de soñar, cuando empiece a volar.”

Omar Jesús Ormeño Fernández, Recuerdos de un alma destrozada (2014)

No encuentro ningún reloj en esta habitación. Presiento que ya deben ser las 8 de la mañana. Qué linda se ve Natalia, parece la bella durmiente. Creo que la despertaré, porque yo soy su príncipe azul. Mejor no, no quiero cagarla. Así que me levanto muy suavemente para evitar despertarla y lo primero que necesito es ir al baño y lavarme la cara: debo estar fatal. El baño tiene un piso muy elegante. Me hace recordar un poco al puterío de hace dos días y rompo en risa porque aún no puedo creer todo lo que he pasado en tan pocos días. En el lavatorio hay tres llaves, la primera es de agua caliente; la del centro, de agua tibia; y la del extremo derecho es de agua fría. Prefiero la tibia, no soporto el agua muy helada; además hace un frío terrible. Seguramente Natalia bajó la calefacción, anoche se sentía todo bastante caliente. Me dirijo lentamente a una pequeño comedor, donde encuentro una especie de control remoto con un auricular, debe ser para ordenar comida. Voy a pedirle algo a Natalia, estoy seguro que le encantará, pero qué comerá. Para mi mala suerte, el menú estaba en catalán y en inglés. Tenía conocimientos en inglés, pero las comidas que ofrecían eran bastante extrañas que no lograba entender. Mejor la despierto suavecito con un beso en la mejilla. Sí, sí, eso está mucho mejor…

Me acerco nuevamente al sillón donde pasamos la noche y ella estaba sentada, media soñolienta. Ella pensaba que había huido del lugar, fue bastante sincera, ya que por un momento pensó que me había robado todas sus cosas. Apreciaba su honestidad, no era para menos dudar de un completo desconocido. En momentos como este, me aflora todo lo romántico, como si Romeo se hubiera apoderado de mi mente. La miré, muy serio, y le dije que si algo quería robarle era su corazón y su tiempo. Ella sonrió tiernamente y dijo que estaba loca, porque yo ya le había robado el corazón en el aeropuerto. Un singular sentimiento se apoderó de mi cuerpo, que gritaba internamente, pero intentaba controlarme, ya que la felicidad extrema terminaría en efusividad y no quería mostrarle alguien quien realmente no era yo. Natalia tenía demasiada hambre y no quería comer nada del hotel, ya que decía que la comida era horrible, así que le propuse una de mis ideas más románticas jamás pensadas: cocinarle yo mismo. Ella estaba entusiasmadísima por tremenda buena/terrible idea, ya que en la suit no había cocina; por ello, postergamos el desayuno cocinado a una velada en el departamento de uno de mis primos, este estaría dispuesto a prestarme su “nidito de amor”. Mi único temor era que mis primos se encontraran con Natalia y le dijeran alguna estupidez como: “ya tiraron” o “estás rica”. Tendría que hablar con ellos y rezar para no cruzarnos. Ya se acercaban las 10 y estábamos muertos de hambre; así que decidimos ir a un restaurante típico de Barcelona. Me sentía cómodo con la idea, porque tenía el dinero necesario para portarme como el caballero que era. Al salir del hotel, le abrí la puerta; al entrar al restaurante, le abrí la puerta; antes de sentarse, le acomodé la silla; cuando pedí la orden, la miré a los ojos y le dije lo hermosa que estaba. Todo un caballero, tal y como me lo enseñó mi papá. Ante todos movimientos caballerosos, ella siempre mostraba una sonrisa, que culminó con una frase que me llenó por completo: “Qué afortunada fui al subir a ese avión”. En ese instante, pensé que estaba en un sueño, no podía creer que tuviera tanta “suerte”. Le di un beso, pero no uno pasional, sino uno romántico y fugaz, como diría yo, de agradecimiento. Ella cerró la escena romántica con un juego entre su mano y la mía. Tenía unos dedos largos muy finísimos y delicados, con unas uñas pintadas de rojo: me encantaban, perdón, ella me encantaba…

Terminamos de comer y era hora de pagar la cuenta. Ella abrió su cartera y sacó una tarjeta, yo le pedí por favor que me lo dejará a mí. Ella insistió que su padre se había portado muy mal con ella y que merecía pagar todo lo que gastaba. No quise preguntar más al respecto y mi caballerosidad terminó cuando pagó la cuenta con aquella tarjeta negra. Terminó la tediosa rutina del pago y el caballero que vivía dentro mío volvió. Me levanté rápidamente para sacar la silla y se pusiera de pie. Cuando caminábamos hacia la salida, ella tomó mi mano y automáticamente una sonrisa se apoderó, no de mi cara, sino de mi corazón. El sonido de sus tacos al caminar, el juego de su rubio cabello y mi mano tomando la suya era una combinación perfecta. Abrí la puerta del restaurante, le dejé 10 euros al mozo y dejamos el lugar. Ya en la calle, la tomé de la cintura y podía sentir la suave tela de su vestido y le dije: “Gracias por alegrarle la vida a esta alma perdida”. Ella me robó un beso y respondió: “Gracias a ti, por dejarme conocerte”. Caminamos durante veinte minutos, hasta que nos topamos en un pequeño parque, muy hermoso por cierto, en el que nos sentamos a conversar. Fue una conversación muy concentrada en información, ya que parecía como si nos estuviéramos poniendo al día de todo lo que nos había pasado. Me contó de sus experiencias con enamorados pasados, que resultaron ser unos patanes de primera; también menciono sobre la relación que tenía con su padre y cómo cambiaron las cosas cuando murió su madre a causa del cáncer y su hermano en un accidente automovilístico. Ella me mostró sentimientos muy personales e íntimos que vivió durante casi toda su vida. Yo fui muy sincero y le pregunté por qué contarle todas estas cosas a una persona que recién conocía; ella respondió que en el poco tiempo que hemos estado juntos, y por todo el sentimiento que ha surgido, le he demostrado más confianza que personas que conoce de muchos años. Yo también le conté cosas íntimas mías: mis problemas familiares, mis fracasos en el amor, mis éxitos laborales, las cosas que amaba hacer y muchas cosas más. Natalia me preguntó si continuaba enamorado de mi ex enamorada. Yo le tomé las manos y le dije que desde antes de venir a España ya no lo estaba. Ella continuó con las preguntas.

-¿Qué sientes por mí?

-Me estoy enamorando de ti…

-¿Tanto como yo de ti?

-No tanto como yo de ti…

 Pasaron las horas y nos olvidamos del frío, del hambre y del tiempo. Solo éramos ella, yo y el lindo parque. Estábamos abrazados con nuestras manos tomadas. Cada vez que ella me daba un beso, sentía cuán fría estaba su nariz y ella siempre replicaba el por qué permanecía tan caliente y ella tan helada como una paleta de hielo. Era inevitable no percibir el aroma de amor que comenzaba a surgir entre ella y yo. Me sentía muy feliz y completo con Natalia, pero en un rincón muy oculto, intentaba negar el inevitable hecho que ella partiría. Mejor dejar que las cosas sigan como están y no malograr este bonito momento. Natalia no quería quedarse en el hotel, quería salir y conocer muchos lugares y por ningún motivo quería que la deje sola; por ello, fuimos rápidamente al hotel a que se cambiara de zapatos, por unos más cómodos, para proseguir con nuestra siguiente parada: La catedral de la sagrada familia. Mientras hacía sus cosas, yo decidí llamar a mis primos y a mi tía, ya que seguros estaban preocupados por mí.

Todo andaba bien, mi primo dejaría las llaves en el bar de un amigo que estaba al lado de su “piso”(nombre como se le conocen a los departamentos en España) y yo solo tenía que recogerla. Había de todo para cocinar y pasar una velada romántica. Como último favor le pedí que comprara un ramo de rosas y un par de velas rojas, ya que tenía en mente unas ideas muy buenas.  Colgué rápidamente, porque Natalia ya salía del baño. Bajamos del hotel y tomamos un taxi rumbo a nuestro destino.  En todo momento andábamos agarrados de la mano; no éramos enamorados puesto que no hubo ninguna declaración de amor, pero lo que vivíamos no tenía nombre. Nos tomamos innumerables fotos donde, en muchas de ellas, me daba besos o hacíamos gestos graciosos. El tiempo pasó volando, ya eran casi las 7. Ella tenía una cara de cansancio impresionante, así que le pregunté si quería ir a comer algo en casa de un familiar mío. Ella aceptó, pero no se esperaba todo lo que se venía…

A penas llegamos al departamento de mi primo, que se encontraba justo al lado de donde me hospedaba, recogí la llave y entré a mi habitación para sacar un par de discos de Ella Fitzgerald y B.B King, para amenizar el ambiente, así como también un proyecto de libro que había comenzado hace unos años para que Natalia me de su opinión. Entramos al departamento y puse a mis cantantes favoritos, ella estaba cansada pero aún así escuchar “Let’s do it” le dio mayor vitalidad. Le entregué el libro que quería que viera y a penas lo tomó comenzó a leerlo; cuando la vi entretenida corrí a buscar el ramo de flores para dárselo. Una sonrisa inmensa se dibujó en su rostro; dejó el libro a un costado y me dio un gran beso y un abrazo. Dejó el sofá y se sentó en la mesa, cerca de la cocina. Yo ya estaba picando todo para cocinar, ella quería ayudar, pero le dije que me dejara engreírla. Ella se sentía maravillada con lo atento que era y con la dedicación que le ponía a todo lo que hacíamos. Me demoré casi 20 minutos en terminar de cocinar. Durante ese tiempo, conversábamos de nuestros gustos literarios. Ella decía que mi estilo era muy similar al de Hemingway, le gustaba, pero me debía alejar de mi admiración hacia él y buscar mi estilo propio. Era simplemente magnífica. Puse la comida en unos platos muy lindos que encontré; destapé una botella de champán y prendí las velas. Ella estaba encantada por el ambiente que se formaba y no dejaba de repetir lo feliz que estaba. Todo fue simplemente perfecto; comimos, bebimos y conversamos por varias horas. Cuando el reloj marcaba las 11, ella se levantó de la mesa y me tomó la mano y me levantó de la mesa. Me sorprendió un tierno beso que se lo devolví con otro mucho más tierno. Natalia me comenzó a desabotonar la camisa lentamente, y mientras lo hacía no para de mirar sus verdes ojos. Yo, por mi parte, le saqué su casaca de cuero y la dejé en el suelo. Los besos pasaban de ser románticos a pasionales. Le quité, muy lentamente, el vestido y ya no había lugar de algún adjetivo que describa sus hermosos senos. Tres minutos después, me encontrando haciendo el amor con una chica hermosa, inteligente y, según mis gustos, perfecta.

Y así pasaron los días… Me decidí por acompañarla a su visita por Europa y derrochábamos amor en cada cuidad que visitábamos. Hicimos el amor en París, Bruselas, Berlín, Praga, Varsovia, Kiev y Bucarest. Cada lugar era más hermoso que el otro. Aunque el momento más romántico fue el estar juntos frente a la Torre Eiffel a la medianoche. Habían pasado dos semanas que para nosotros fueron cuatro años. Teníamos una gran química que parecía como si nos conociéramos de años. Si bien es cierto, la felicidad entre Natalia y yo creció con el transcurso de los días, pero lo que también se incrementó, paradójicamente, fue la tristeza, porque de vuelta a Barcelona ella tenía que empacar sus cosas para regresar a Caracas, donde retomaría tu rutina.

En el vuelo de Bucarest a Barcelona, no nos dijimos ni una palabra. Sabíamos que una inminente despedida nos alejaría. No sabíamos qué esperar después de su partida. Yo tenía pensado estar un año por Europa, que podía convertirlo en 5 o 6 meses, pero aún así qué sería de nosotros. Llegados de Bucarest, y ya devuelta en el Hotel de Barcelona, decidimos conversar, pero fue un poco complicado, ya que estaba sumamente apurada porque el tiempo era corto y aún faltaba mucho que guardar. Así transcurrieron tres horas y ya en el trayecto del aeropuerto pudimos conversar. Siempre que conversábamos de nuestros sentimientos, acostumbraba a tomarle las manos y acariciarlas. Le besé sus blancas y delicadas manos y abrí mi corazón:

“Querida Natalia, el conocerte fue un regalo de esos que llegan sin esperarlos. Me había convertido en una persona cuasi antisocial. Llevaba bastante tiempo sin dar amor y sin recibir el mismo. Me rompieron el corazón muchas veces, pero nunca me rendí y esperé como todos el amor. Nunca he sido una persona muy creyente en Dios ni en la religión, pero si de algo estoy convencido es que Dios quiso que nos conociéramos. Me has atrapado con tu sencillez y con tu genialidad. No solamente fue tu mirada, fue también tu manera de ser, porque a veces sin decir palabras yo te puedo entender. Yo sé que sentimos muchas cosas similares y al presentir que estaré sin ti, me entra un estado de vulneración que difícilmente lo podré superar”.

Ante las palabras que salieron de mi corazón, me topé con una barrera que no la esperaba. Una vez llegados al aeropuerto, ella se quedó en silencio y estuvo así durante el trayecto del estacionamiento hasta la puerta de embarque. Al momento de realizar el “chek-in” me dijo que esperara un momento, ahora volvía. Me dejó perplejo y no negaré que me hizo sentir mucho peor de lo que estaba. Una vez terminado su “check-in”, la ayudé con sus maletas y me llevó hasta unos asientos muy cerca a la puerta de embarque, tenía que ir 10 minutos, así que no tenía mucho tiempo. Natalia me dio un largo abrazo que prosiguió con su turno de hablar:

“No tengo palabras para poder describir todo lo que me has echo sentir en estos días. Te encontré como un desconocido y te estoy dejando como una parte de mi corazón. Es una locura pensar cómo sucedieron las cosas entre nosotros, me gustaste desde la primera vez que te con tus audífonos y con tu libro. No olvidaré nada de este recorrido a tu lado, nuestras amanecidas en Varsovia, las comidas en Roma, las salidas en París: no olvidaré nada, te lo prometo. No sé qué hacer para intentar que esto funcione, pero sabes bien que estar así de lejos es algo que no funcionará. No sé si estoy loca por decir esto, pero siento que eres mi alma gemela. Te confié cosas que ni mis mejores amigas lo saben, me conoces tan bien… Me encantaría quedarme a tu lado y ver qué nos puede deparar el futuro, pero es algo que no puedo hacer, tengo que regresar. Siento que lo mejor es que esto quedara como una aventura de invierno y no darle más importancia, pero no puedo hacerlo. Esta relación inició de la nada, nos conocimos muy rápido, todo fue tan aventurero. Quiero que la próxima vez que nos veamos sea igual, que no se pierda esta magia que tú y yo supimos sobrellevar.”

No se perderá nada, mi amada Natalia. Yo te prometo que iré a buscarte a Venezuela, pero antes de ir a buscarte, tengo que cumplir algunas cosas. Espérame que cuando nos volvamos a ver será para no volvernos a separar. Natalia, llorando, me preguntó si todo lo que hablaba era en serio. Y yo, con muchas ganas de llorar, le repetí que todo era cierto. Ella repitió unas 4 veces que la llamara y que le escribiera…

Y con un beso infinito se despidió la mujer de mi vida, la que llenó el vacío de amor que sentí durante tanto tiempo. No sé qué nos deparará el futuro, pero dentro de muy poco la iré a buscar, porque amores así no se encuentran en todas las esquinas. Amores como el que viví con Natalia se conocen tal y como fue nuestra relación: sin buscar, sin querer y sin imaginar.

“Vive y deja vivir”

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