La mujer de mis sueños Parte I

Para Sergio Antonio Valdebenito Orellana.

“Ay París, cómo has cambiado mi vida. Ya han pasado seis meses y siento que mi vida sin ti, no es vida. Ay París, si tan solo te hubiera conocido en “los locos años 20″; si tan solo hubiera disfrutado una borrachera con Hemingway y Fitzgerald. Ay París, por qué eres tan hermoso, viviendo aquí me siento como un pez en el agua. Ay París, huí de mi país por una decepción amorosa y acá encontré amores en cada esquina. Ay París, tú que me regalas tus sollozos en invierno, tú que me regalas tus sonrisas en verano, quisiera que me concedas, como último deseo, que tu noche sea eterna”.

Omar Jesús Ormeño Fernández, Cartas para Hemingway

Camino por las calles parisinas cargando una mochila bastante pesada; y es que me siento con tanta experiencia que podría escribir un libro completo sobre cómo sobrevivir en el juego de la vida. Llegué acá un día en el que mis mañanas eran más oscuras que la noche; y mis noches eran tan inciertas como el instinto animal del hombre. Mi primera parada era en el aeropuerto de Madrid-Barajas Adolfo Suarez, una bestialidad de lugar con gente tan diferente entre sí, pero no lo puedo negar, las experiencias que me deparará el destino.

Después de hacer una conexión, la siguiente parada sería el aeroport de Barcelona. Pedí un asiento cerca a la ventana, ya que siempre me gustó poder ver toda la ciudad cuando el avión despegaba o aterrizaba. Me importaba muy poco quien se sentaba a mi costado, con tal que me dejara descansar y no sea el típico compañero que habla, habla y habla de su vida, todo perfecto. Ya era hora de apagar todos los artefactos, una tortuosa rutina que nunca entendí. Prendí el reproductor de música, muy arcaico, saqué mi libro “A sangre fría” de Truman Capote y me desconecté del mundo. Una mezcla de Ray Charles, Ella Fitzgerald y Louis Armstrong hicieron que olvidara todos los problemas que me afectaban. De repente, una mano tocó mi hombro e  hizo que regresara al mundo real. Lo que sucedió después fue algo que llamaría “el que no busca, encuentra”. Una simpática mujer, entre 20 y 25 años, intentó tener una conversación conmigo. Debo admitirlo, siempre fui malísimo para entablar relaciones con las personas, en especial con las mujeres simpáticas, ya que, por alguna razón, me intimidaban un poco. Una vez retirados los audífonos y el libro, la mujer resultó ser una turista venezolana. Ella había decidido tomarse unas vacaciones de 20 días por todo Europa y quería conocer lo máximo posible. Yo, muy dudoso, pensé muchas cosas en mi cabeza, desde que formaba parte de uno de esos clanes que se encargaban de robar órganos hasta una narcotraficante que me quería meter su droga por donde sea. Tranquilo, no solo hay maldad en el mundo. La chica tenía como nombre Natalia, al instante que entablamos la conversación pude ver que tenía unos ojos hermosos que combinaban perfectamente con su cabello rubio y su nariz finamente perfilada. Mucho de sus gustos me dejaron perplejo, teníamos bastante en común y la conversación se ponía cada vez más interesantes. Ella tenía una forma muy linda de ver la política y los temas relacionados con el medio ambiente. Cuando el avión, lamentablemente, aterrizó, le propuse a la dulce Natalia continuar con la amena conversación que inició y me dejó un número de teléfono que era del Hotel Palace. Quedamos en que la buscaría dentro de dos días a las 6 de la tarde en su hotel.

Pasada la siguiente rutina del control migratorio y el recojo de maletas, la acompañé a que tomara un taxi, pero al parecer ella ya había reservado uno. Tras un tierno beso en la mejilla y un sutil movimiento con la mano, se despedía una de las mujeres más interesantes que he conocido. Sé que parecerá dramático, pero en realidad había llegado a Europa para olvidar todos mis problemas que dejé en Sudamérica. No entraré en detalles, puesto que todo lo que viví que forma parte de mi experiencia y de mi pesada mochila, fácilmente puede formar parte de otro buen relato. En fin, no pasaron ni 10 minutos cuando vi una regordeta señora que coreaba mi nombre que suma exasperación. Mi querida tía Macarena había ido a buscarme al aeropuerto. Después de conversar largamente sobre cómo estaban todos casa, los problemas de siempre y los planes que tenían preparados para mí. Así, iniciamos una linda conversación; sin embargo, no lograba sacarme de la cabeza a esa linda venezolana. Rápidamente, le pregunté a la pareja de mi tía dónde quedaba aquél hotel. Con un acento muy feo, a mi parecer, me respondió que estaba como a media hora de donde me hospedaría. Emocionado por las buenas nuevas, decidí conocer lo máximo posible para que cuando llegara el día de nuestro encuentro tuviera muchas cosas más de qué conversar, ya que parecía una chica cultísima.

Para mi suerte, los dos primeros días no hice nada “culto”. Mis primos me llevaron, mediante engaños, a un lugar que nunca podré olvidar. Al lugar le decían “El Riviera”, en la autovía de Castelldefels. Desconocía qué había en tal sitio, pero sospechaba que sería un bar o algo similar. A penas puse un pie en el local, me sentía como el pecado podía correr desde la punta de mi cabello hasta la punta de mi pie. Era un lugar lleno de tragos, mujeres y sexo. Incluso, llegué a pensar que en ese lugar debían escoger a las candidatas para el Miss Mundo. Ese día conocí a rumanas, alemanas, egipcias, checas y una húngara. Fue el día en el que usé más inglés en toda mi vida. How are you, sweet heart? How much swettie? Would you like a drink? Show your tits, quickly. Las tentaciones de la vida estaban tan cerca. No voy a negar que el placer te hace sentir muy bien; no obstante, pasado este, vuelve a llegar la depresión. Pasé una noche inolvidable, pero por una extraña razón, muy ebrio, no dejaba de pensar en Natalia. Fuck (continuaba en inglés) I can get you out of my fucking mind. A penas me desperté no recordaba ni donde estaba. Vi una habitación desordenada y el reloj marcando las 5 de la tarde. En la cama habían dos rubias desnudas bastante alcoholizadas. Me vestí rápidamente en busca de mis primos, pero no los encontré en ningún lado. No podía soportar el dolor de cabeza, necesitaba dormir urgente. En el estacionamiento no estaba el auto que me trajo, así que deduje que los incompetentes habían ido a otro “puterío” o me dejaron solo para disfrutar plenamente. Para mi suerte tenía apuntada la dirección de la casa de la tía Macarena, así que decidí dejar el lugar. Los encargados me dijeron que mis primos habían dejado pagada la cuenta y había un taxi que me llevaría a casa. Un gran alivio, solo tenía 10 dólares en mi bolsillo. En el auto solo pensaba en cuántos lugares estaría conociendo Natalia; mientras que yo, me encontraba con resaca y con olor a pecado. Ojalá que no se olvide de mí…

El resto del día lo pasé en cama. Me duché; comí un “bocadillo”; llamé a mis padres y seguí durmiendo hasta el día siguiente: “el gran día”. Mi tía no paraba de decir que no llegaría a dormir a la casa. Era consciente que podían suceder muchas cosas, pero estaba dispuesto a conocerla bien, porque al margen de estar iniciando una “aventura amical” aprendería muchísimo de esta chica; por ello, estaba dispuesto a no “cagarla”. Compré un ramo de flores y unos chocolates que, según la prostituta del Riviera, eran sumamente deliciosos. El taxi se detuvo en un hotel muy elegante. Estaba vestido a la altura del lugar, con un saco, pantalón de vestir y una camisa blanca. Pedí información sobre Natalia y me dijeron que debía dejar mis datos, ya que al parecer la señorita había comentado a la recepción que llegaría. Me sentí sumamente encantado y emocionado. Su habitación era la 509. Por lo que entendí era una suit personal con vista a la calle. Usé las escaleras, me sentía muy nervioso, pero no pensé que cuando llegara estaría sudado… Paso, paso, paso, limpia la frente, paso, paso, paso, limpia la frente, arregla las flores, paso, paso, paso, mejor no, mejor sí, y si está ocupada, qué horror. Cuando llegué a su piso, solo éramos la puerta con un gran 509 y yo. Era un hotel muy moderno, ya que no usaba llave, sino tarjeta. Y cuando estaba pensando en lo caro que le debió salir todas estas gracias la puerta se abre lentamente. No fui lo suficientemente curioso como para darme cuenta que en la parte superior había lo que se conoce como “ojo mágico” donde las personas pueden ver quien toca la puerta.

Ella salió muy preciosa y muy desconocida. Estaba con un vestido blanco que relucía su delgada figura y sus grandes senos. Tenía unos pendientes maravillosos y un olor riquísimo. Me saludó con una sonrisa muy segura y amistosa. En seguida le entregué las flores y los chocolates, me sentí horrible cuando pensé en la prostituta aconsejándome. Me invitó a pasar a su habitación y me quedé maravillado. Ya me sentía anonadado por la buena figura que tenía, pero su habitación era más grande que mi casa. Había una sala de estar y un televisor inmenso, entre otras cosas. Su habitación estaba muy ordenada como si fuera el primer día que se hospedaba. Natalia me comentaba de lo bien que se sentía en Barcelona, pero que deseaba conocer París, Amsterdam y Praga. Yo, por el contrario, me quedaría en Barcelona por 1 año, al menos eso pensaba. Después de muchos minutos de conversación, saqué mi arma secreta: “mis gustos”. Siempre consideré que la mujer de mi vida tendría que compartir mis absurdos gustos: películas antiguas, canciones antiguas, autores viejos, poemas rebuscados, etc. Estaba decidido a mostrarle las canciones que marcaron mi joven vida. Comencé con Sidney Bechet; después con un jazz instrumental hermosísimo y con el “Sel ce soir”. Para mi sorpresa, a ella le encantó. Me habló de un sinnúmero de cantantes e interpretes que me dejaron atónitos. Hablamos de mis autores favoritos y debatimos una infinidad de puntos. Ella me mostró películas que estaba decidida a ver durante las madrugadas, puesto que ella sufría de trastorno de sueño, en las que se encontraba dos de mis películas favoritas. Siempre me gustaron los cuerpos hermosos de las mujeres y ella tenía uno fenomenal, pero la verdad es que me sentí enamorado de su personalidad de sus gustos y de toda su inteligencia. Era sumamente educada, culta y tenía mucho amor por la naturaleza. Sentí tantas ganas de llorar por haber conocido a una persona tan completa y tan parecida a mí, que se lo tuve que decir.

Le tomé la mano y la miré firmemente a los ojos. Ella, con su dejo muy precioso, me dijo qué sucedía. Y le solté todo lo que sentía en ese momento. Posiblemente, a cualquier persona común y corriente le hubiera parecido absurdo que un desconocido le dijera tales cosas, pero como me diría mi fiel amiga F. M , ella era tan inteligente que comprendía la situación sin criticar. Al verla ruborizar, me dio una sensación de alivio. Natalia tomó mi mano y me dijo que aún le quedan 18 días, que serán 18 oportunidades para conocernos mejor. Al escucharla, me entró aquella sensación de amor que uno suele sentir cuando encuentra a alguien especial. Le apreté fuertemente las manos y le dije que me diera la oportunidad de poder conocer a la mujer de mis sueños. Ella respondió con un juego de pestañas y dejó en claro que no suele conocer gente como yo, tan sincero, arriesgado y medio loco, ni a tener este tipo de relación con todas las personas que encontraba. Le dije que ella era sumamente encantadora y cuando quería seguir hablandole me calló la boca con el que considero que fue el beso más romántico de mi vida. Después del beso me dio un fuerte abrazo y nos quedamos recostados en un sillón escuchando canciones de Edith Piaf. Antes de que se llegara a quedar dormida, le llegué a decir que estaba segurísimo que ella era mi Simonetta Vespucci. Pensé que no entendería el bello cumplido que le hice, pero me respondió con “tú serás mi Sandro Boticelli, pero no quiero morir joven”. Me hizo adorarla muchísimo más. La noche iniciaba con un momento romántico y extraño para mí. Mientras la oscuridad tomaba las calles de Barcelona, en mi corazón comenzaba a salir el sol.  Sabía que había encontrado, sin querer y muy fugazmente, a una persona maravillosa.

Continuará…

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Sergio Valdebenito Orellana dice:

    Muy bueno me gusto mucho, se lo recomiendo a todos los lectores

    Me gusta

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