Enemigos íntimos: del cálculo y la norma.

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Ernest Hemingway junto con Scott Fizgerald. Imagen sacada desde blogdecafea.

Es indudable que la relación Hemingway-Fitzgerald ha sido largamente comentada, criticada y “machacada”, hasta querer llegar a ser destruida, por ser una de las más pasionales jamás vistas en la historia de la literatura universal. La relación comenzaría en el bar “Dingo”, ubicado en la Rue Delambre de París, como era de esperarse, ya que los dos eran alcohólicos; sin embargo, en aquel momento, los dos se encontraban en diferentes momentos muy diferentes en sus vidas. Scott Fitzgerald se encontraba en el mejor momento de su carrera, tras la publicación de su “magnum opus” El gran Gatsby; por otro lado, Ernest Hemingway se encontraba como periodista de poca monta y solo tenía popularidad dentro de los viejos expatriados americanos en Francia. Fue gracias a Scott que Ernest pudo publicar la obra que lo llevaría a la fama: “Siempre sale el sol” o, más conocida como “Fiesta”. Una vez publicada su obra, Hemingway iniciaría una carrera cuesta arriba; mientras que Fitzgerald no pararía de caer hasta llegar a la muerte. La indiferencia de Hemingway fue una de las principales razones de la ruptura de la relación, sumado con la ácida crítica que le propinaba en sus obras posteriores. Años más tarde, pasada la muerte de Ernest Hemingway, se encontrarían una serie de cartas, en total 69, que demostraban que aquella relación entre estos dos genios fue muy sincera, pero que estuvo marcada por el olvido, la indiferencia y la deslealtad: cosas básicas para cualquier amistad.

Siempre supe que las amistades que uno cultiva durante toda la vida son cosechadas en los momentos más difíciles, pero nunca pensé encontrar una relación amical tan similar a Hemingway-Fitzgerald en mi joven vida. Mi vida no ha estado marcada por grandes tragedias, pero sí de momentos bastantes difíciles de sobrellevar: la muerte de mi tía querida, problemas sociales y una decepción amorosa son parte de mi historial. Pese a ello, inconscientemente, no pensé sentirme tan solitario y tan olvidado.

Hace un par de años atrás, cuando falleció un pilar importantísimo en mi familia, pude comprender de qué manera la vida te puede poner a prueba. El miedo a la muerte de los seres queridos se convirtió en mi más grande miedo. Aún recuerdo todas las lágrimas que derramé al pensar que en algún momento llegaría el momento en que papá o mamá cerrarían sus ojos para no abrirlos jamás. La sensación de no volver escuchar la voz de alguien importante para ti es la peor del mundo. El solo pensar que no volverás a entablar una conversación con ella; que no te abrazará o que no te consolará cuando más lo necesites merece una “Oda al Sufrimiento”. Por ello, siento admiración hacia las personas que cargan sobre su pesada mochila llamada vida la pérdida de familiares queridos; no obstante, hay pérdidas y PÉRDIDAS. No, no fue un error, PÉRDIDAS con mayúscula, no sé de qué manera puedo explicar la sensación de despedirte de alguien y recibir la noticia que, a causa de alguna imprudencia, murió. En síntesis, es una sensación que todos sentiremos, pero hay que comprender que está en nosotros ponerse de pie y continuar con la complejidad de la vida.

Poco tiempo después, vendría un dolor no tan fuerte a comparación del anterior. Una relación de enamorados que terminó por razones absurdas y sin intentar dar explicaciones fue lo que seguía en la lista. No importaba cuánto quería oír una explicación, lo único que encontraba era  aires de autosuficiencia. Algo como no te necesito soy feliz así. En ese momento me di cuenta que pese a que había dado tanto en una relación, me pagaban con la indiferencia. Sabía que en algún momento aquella tormentosa relación llegaría a su fin. Sin embargo, mi problema era que más que enamorado, estaba obsesionado; por ello, considero que los primeros días fueron más complicados de lo que esperaba. No voy a comparar la sensación de terminar una relación con el perder un familiar, pero ahora puedo decir que no es bueno minimizarlo. Los primeros días yo esperaba recibir algún tipo de apoyo por parte de mis amigos, pero lamentablemente nunca llegó. Yo cuestionaba mi capacidad para encontrar gente buena, porque ya me parecía de muy mal gusto que no llegara apoyo alguno cuando lo necesitaba. Por qué ni si quiera me llaman mis amigos para al menos saber cómo estoy… Qué raro.

No había nada de raro. Muchas veces, yo solía considerar amigos a quienes no tenían “puñetera idea” de cómo se debía comportar un amigo. Y ,paradójicamente, las personas que yo ignoraba un poco fueron quienes me dieron su apoyo incondicional. Recuerdo que en un momento determinado, cuando estos dolores pasaron, poco a poco me volví a insertar al mundo de la normalidad: podía salir más seguido; intentaba divertirme, etc. En ese momento no bastó una llamada de quien había desterrado de mi reino amical para ofrecerme una salida con mucho alcohol y sexo para despejar la cabeza. Creo que fue una llamada que hirió mis sentimientos; mi única respuesta fue que ya no estaba para banalidades y que por el momento no quería pasar tiempo con personas que no van a sumar en mi vida. No es novedad que me sentí más Hemingway que nunca.

Existen amistades de todo tipo; como también personalidades, en tu vida, de todo tipo; y está en nosotros escoger a quienes queremos insertar en nuestras vidas para confiarles secretos y compartir problemas, como también a quienes quieres solo para conseguir “algo”, tal y como lo hizo Hemingway. En la vida hay más amistades como la de Hemingway-Fitzgerald que una como nosotros la esperamos. Conocidos hay una infinidad, pero amigos muy pocos. Yo he aprendido que no quisiera encontrarme, nuevamente, con un amigo como Hemingway, por más que lo admire, pero sí me gustaría seguir conociendo gente como D. Y, F. M, S. C, D. T y J. M. Gracias por siempre estar pendientes de mí y pese a que no nos veamos por lo complicado del tiempo, siempre los pienso y los guardo en mi corazón.

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